Estoy totalmente de acuerdo con la tesis de Dawkins de que adoctrinar a los niños en las propias convicciones y creencias, sin que tengan posibilidad de contradecirlas o ponerlas en duda, es llanamente un atentado contra la infancia. Aprovecharse además de las capacidades del niño de aceptación de la autoridad del adulto y de imaginación para inyectar en vena los dogmas estúpidos contenidos en libros mediocres es, cuando menos, de una inmoralidad rayana en el crimen.
Cuando la injerencia insolente de la religión en nuestras vidas afecta al terreno educativo, surge ese gran valor moral que todas las religiones esgrimen: la discriminación. Antes de pasar al hecho concreto que le ha ocurrido a mi familia, os invito a ver este revelador reportaje:
Pero estas terribles situaciones provocadas por la religión empiezan con pequeñas actitudes cotidianas. Tengo una hija de menos de dos años. Mi esposa y yo somos ateos y queremos una educación racional y laica para nuestra hija. Eso no quiere decir que pretendamos que nuestra hija sea atea, al contrario que los padres católicos, musulmanes, hindúes o de otra absurda creencia. Solo significa que queremos que a nuestra hija no se le lave el cerebro con ninguna doctrina indiscutible.
Hace seis meses la metimos en un colegio de método Montessori, puesto que mi esposa es licenciada en Ciencias de la Educación y conocía este método de enseñanza paidocéntrico. Las escuelas que aplican este método no son necesariamente laicas, por eso externamos desde el principio, tanto a la dirección como a las maestras, nuestra preocupación por que la enseñanza que se diera en el centro fuera laica. Así se nos aseguró, así se nos estafó.
Un mes antes de llegar las vacaciones navideñas se nos anuncia la celebración de una fiesta con representaciones de los niños. Empezamos a preocuparnos y vamos a enterarnos de qué tipos de actividades se van a realizar. La directora de maternal nos cuenta el contenido de algunas de ellas: duendes que ayudan a Papá Noel, angelitos representando varios oficios,... En principio, lo tomamos como una fiesta inofensiva al no parecer que contenga pastorelas o similares. Se van a reprensentar iconos mitológicos propios de estas fechas, pero, al parecer, sin contenido doctrinario.
Llega el día de la fiesta. Todo comienza con un discurso de una de las maestras que abre con un "independientemente de la religión que tengamos cada uno". Termina con una carta de alguien llamado Jesús que dice que siempre va a estar junto a nosotros ante cualquier problema. Nunca presencié un alarde de cinismo más elevado.
Y llega el cuadro de los angelitos. En él una niña iba narrando un cuento en el que varios angelitos que, en efecto, tenían diferentes profesiones no quieren que colabore uno de ellos, el cual se siente desplazado ¿Qué solución se le da? Nada más y nada menos que "anunciar al niño dios". Sí, ese que, por lo visto, se folló a su propia madre en forma de paloma y sin cargarse el himen. Todo ello aderezado, de nuevo, con algo que fácilmente pueda quedar impreso en la mente de los niños: cuando te sientas solo, no te preocupes, que ese angelito siempre estará contigo.
Decidimos exigir explicaciones a la dirección. Lo mejor que hemos hecho por la protección de nuestra hija hasta el momento.
El mismo lunes de la siguiente semana nos presentamos en el colegio y exigimos hablar con la directora. Le expresamos nuestro enfado. Y comenzamos con la sarta de falacias y mentiras:
Directora: No había ningún contenido religioso.
Nosotros: Mentira. Se da por cierta la existencia de un personaje de una única religión, cuando no existe más prueba de ello que la colección de libros doctrinarios de esa creencia. Y además se adoctrina a los niños para que le den su confianza.
D: Nunca he tenido problema con otros padres.
N: Argumento ad populum A mí, lo que hagan los demás padres me la suda.
D: Considero que algo laico es no hacer misas ni oraciones.
N: Falso. Laico es poner todas las religiones al mismo nivel. Si en la fiesta se hubiera dado el púlpito a un judío, a un musulmán, a un pastafariano, a un ateo... estaríamos en un acto laico.
D: Otras escuelas hacen pastorelas.
N: Vuelta al argumento ad populum. Lo que hagan las demás escuelas me la suda. Estoy pagando esta y me está estafando.
D: El 90% de los mexicanos es cristiano.
N: Y otro argumento ad populum. Es cierto, pero este colegio se nos vendió como laico y no está cumpliendo el producto por el que estoy pagando.
D: Se les dió la oportunidad de no participar en el evento.
N: Esa tiene dos puntos muy graciosos. Lo primero es que se nos mintió con el contenido de las representaciones, y por eso decidimos que participase nuestra hija. El segundo es más detestable: es decir, que uno de los valores de este colegio es la discriminación de los niños por las creencias que tengan sus padres.
Llegábamos ya a un punto en que la directora se iba calentando al quedarse sin argumentos. En su retorcida cabeza de fundamentalista religiosa se iba forjando la idea de que lo que estábamos exigiéndole era que el evento no se volviese a celebrar. Y llegó la explosión cuando le comentamos el cinismo del discurso de apertura de la maestra desconocida:
D: La maestra esa, se llama menganita, y es mi hermana y es cristiana (como se llama genéricamente aquí a evangélicos y demás fauna).
N: Bueno, como sea, como si es Perico de los Palotes...
Aquí, a mi esposa y a mí se nos enciende un farolillo de alerta. Ya habíamos observado en varios coches del personal del colegio la pegatina del pez de los cojones, símbolo que suelen esgrimir los evangélicos, los cuales no se carcterizan precisamente por su tolerancia y suelen formar peligrosos lobbys. Temor enteramente justificado:
D: Y además es algo con lo que los niños viven diariamente. Que sepan que a la hora de comer dan gracias al niño dios...
No teníamos espejo, pero seguro que se nos cayó la mandíbula hasta el suelo del estupor. Evidentemente, aquí terminó la conversación y empezaron los trámites para sacar a mi hija de la escuela. Mi hija se ha quedado estas felices navidades sin su escuela, sin los amiguitos que ya había hecho, sin un método al que se había adaptado fenomenal y que rápidamente rendía sus frutos en forma de la alegría que da el aquirir autonomía, sin su maestra, la cual nada tenía que ver con todo este despropósito y con la que había trabado también una relación de afecto y cercanía.
La suerte que tiene mi hija es que su edad aún no le permite comprender y retener lo que ha pasado. Me pregunto cuál habría sido el impacto en su vida si esto hubiera ocurrido a una edad en la que ya fuese consciente del mundo.
Lo más indignante es que la directora, en un arrebato de cólera, nos arrojase a la cara aquello de que "dan gracias al niño dios" con la intención de ofendernos y decirnos que, a pesar de todas las precauciones que tomamos, ellos se saldrán siempre con la suya. En el ambiente también flotaba un "aquí no son bienvenidos". Todo esto debe ir con el amor cristiano.
Como decía al principio, estoy de acuerdo con lo expuesto por Dawkins en El espejismo de dios. La adoctrinación de la infancia es un auténtico acto de corrupción de menores. Cuando aún no tienen las capacidades de formarse una opinión siquiera, se les inyecta una única visión del mundo, sin mostrarles también las alternativas, aprovechándose además de su tendencia a aceptar lo que dicen las figuras que se les han mostrado como autoridad: sus padres, los maestros, el so-cerdote.
No sabemos si nuestra hija será atea, agnóstica, cristiana, musulmana, hindú, pastafariana... Nuestra hija será lo que decida; nuestro trabajo siempre será el de enseñarle cómo decidir, no qué decidir. Y eso no queremos que se lo estropee una piña de beatos que le digan, una y otra vez, durante varias horas en una escuela, qué es lo que tiene que creer bajo su estrecha visión del mundo.
P.D.: Se me olvidó decir que no siempre se tiene tan mala suerte. Mi colega, Adrián Robles, tuvo mejor fortuna en el colegio de su hijo.
P.D.: Se me olvidó decir que no siempre se tiene tan mala suerte. Mi colega, Adrián Robles, tuvo mejor fortuna en el colegio de su hijo.